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PDF | 157 | Hace 4 semanas | 10 abril, 2026
Mtro. en D. Juan Carlos Arredondo Hernández
Hace apenas un par de semanas conmemoramos el Día Mundial del Agua y, como cada año en ocasión de esta fecha, distintos organismos internacionales publicaron informes que nos invitan a mirar con seriedad el estado de este recurso esencial. Los datos más recientes permiten identificar tres grandes núcleos problemáticos que atraviesan la crisis hídrica global.
El primero tiene que ver con el acceso desigual al agua potable y al saneamiento. De acuerdo con el Programa Conjunto de Monitoreo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, alrededor de 2.2 mil millones de personas en el mundo aún no cuentan con servicios de agua potable gestionados de forma segura. Esta cifra no sólo habla de carencias materiales; también refleja profundas desigualdades en el acceso a condiciones básicas de vida. Allí donde el agua segura no llega se multiplican los problemas de salud, se agravan las brechas sociales y se limita el desarrollo de comunidades enteras.
El segundo núcleo problemático es la escasez de agua y la creciente presión sobre los recursos hídricos. Informes recientes de la UNESCO advierten que casi la mitad de la población mundial experimenta escasez de agua al menos durante una parte del año. Las proyecciones son todavía más preocupantes: se estima que la población urbana afectada por esta escasez podría duplicarse hacia 2050. Además, diversos estudios de Naciones Unidas señalan que hasta 700 millones de personas podrían verse obligadas a desplazarse en los siguientes cuatro años debido a la escasez extrema de este líquido. Los datos muestran que el problema no es únicamente ambiental, sino también económico, social y, cada vez más, geopolítico.
El tercer gran desafío es la contaminación del agua y el deterioro de los ecosistemas acuáticos. Otra vez de acuerdo con reportes de la ONU, aproximadamente 80% de las aguas residuales del mundo se descargan al medio ambiente sin tratamiento adecuado. A ello se suma un dato particularmente preocupante señalado por la OMS: la falta de agua potable, saneamiento e higiene está relacionada con alrededor de 1.4 millones de muertes al año. Para dimensionar esta cifra, pensemos que equivale a la población completa de todo nuestro estado.
Si estos desafíos ya son complejos a escala global, en regiones con recursos hídricos limitados adquieren una dimensión aún más urgente. Como sabemos, Aguascalientes es uno de esos casos. Nuestra entidad depende en gran medida del acuífero del Valle de Aguascalientes, del cual se extrae la mayor parte del agua que abastece a la población. Hasta donde tengo entendido, durante décadas la extracción ha superado la capacidad natural de recarga, lo que ha generado un proceso sostenido de sobreexplotación.
Las consecuencias de esta dinámica son bien conocidas por especialistas y autoridades: hay un preocupante descenso en los niveles freáticos, un incremento en los costos de extracción, una presencia cada vez más preocupante de minerales que afectan la calidad del agua y una creciente presión sobre la infraestructura hídrica del estado. Frente a este panorama, el desafío no consiste únicamente en garantizar el suministro inmediato, sino en pensar estrategias de largo plazo para conservar, tratar y reabastecer nuestros recursos hídricos.
En este esfuerzo, las universidades tenemos una responsabilidad particular. Desde la investigación científica, el monitoreo ambiental y el análisis técnico, buscamos aportar información rigurosa que permita comprender mejor la dinámica de nuestros acuíferos y evaluar alternativas para una gestión más sostenible. En el caso de nuestra casa de estudios, nuestros proyectos de investigación en ingeniería civil, geociencias, toxicología ambiental y gestión del agua contribuyen a generar diagnósticos y propuestas que pueden resultar útiles para las instituciones encargadas de la toma de decisiones.
Pero el conocimiento por sí mismo no basta. Su verdadero valor aparece cuando logra traducirse en políticas públicas, programas de gestión y acciones concretas. Pensando en lo anterior, nuestra casa de estudios abrió sus puertas hace un par de semanas para ser sede del Foro Diseñando y Construyendo la Cultura del Agua, encuentro en el que participaron autoridades de distintos órganos de gobierno, así como especialistas de áreas tan distintas como complementarias; entre ellos arquitectos, ingenieros químicos y peritos en geofísica.
Estoy seguro de que mientras más investigadores, autoridades, especialistas y estudiantes se sumen a este tipo de foros y actividades a fin de pensar y resolver un problema que nos concierne a todos, lograremos construir mejores soluciones compartidas.
Finalmente, quiero reiterarles en este espacio que el compromiso de nuestra universidad es seguir siendo un lugar donde el conocimiento se ponga al servicio de la sociedad: un lugar para investigar, dialogar y proponer alternativas que permitan mejorar las condiciones de nuestro entorno y anticipar los desafíos que enfrentaremos en los próximos años. Creo que esto es parte fundamental de nuestro mandato de ser una luz que se proyecte en beneficio de la sociedad.